Gracias por el Regalo de la Vida…¡Hasta Pronto!

Hoy me quedé sin papá. De hecho puedo decir libremente que no tengo papá, sin sentirme avergonzada, marcada o señalada.

Es 22 de septiembre, 2018. Cuando sentí vibrar mi celular admiraba un hermoso jardín privado, que incluía una cómoda sala de bambú la que era cubierta con un dosel de pesada tela que a manera de cortina, era enlazada en cada uno de los postes que sostenía la colgadura. Mi atención se concentraba en la mesa de centro decorada con una charola donde estaban acomodadas por tamaños, numerosas velas blancas, gruesas de las que lamentaba estuvieran apagadas. Era Patricia, mi hermana mayor quien llamaba. Luego del  intercambio de saludos mi hermana fue al grano: “oye, mi papá falleció”.

Tras la noticia, busqué en mi interior cómo reaccionar, qué responder, cómo actuar. Tras unos segundos de conmoción me recuperé, volví a ser yo misma para decir lo que verdaderamente sentí en ese momento: “ La última vez que hablé con él, se oía muy cansado. No me sorprende”. Aunque en verdad me sentí desconcertada.

La última conversación que sostuvimos fue el Día del Padre o un día antes. Fue la primera vez que sentí que me habló con verdadero interés, como un padre se preocupa por una hija sin importar que tenga 59 años. ¿Mi mérito en ese momento? Fue escucharlo como una niña, con respeto, sin interrupción y agradecimiento a sus palabras. Pero la mejor parte fue que sin pensarlo tuve el coraje de decirle por primera vez: “te quiero”.

A partir de ese día, decidí que me quería quedar con esa conversación, con ese momento. Intercambiarlo por esa memoria arraigada por el paso de los años, donde figuraba un padre ausente con quien pocas veces conviví a lo largo de mi vida tras la ruptura matrimonial entre mi madre y él cuando yo tenía un año de edad.

Hoy, con convicción,  tranquilidad y gratitud compruebo que los sentimientos expresados ese mes de junio 2018, fueron auténticos. Por lo que no tenía que actuar, como la hija buena o triste  esta mañana de otoño cuando oí de su fallecimiento. Tres semanas atrás, cuando estuve en México, consciente de su condición terminal decidí no ir a visitarlo. No quería que se rompiera el encanto de nuestra “última conversación”, en la que por primera vez experimenté su interés hacia mi y en la que yo, sin dudarlo luego de casi seis décadas, también le pude expresar mi amor, algo que yo misma no sabía estaba dentro de mi. Ese acto representó un encuentro de Paz. La paz que se encuentra después de cargar día a día con numerosas interrogantes, las que  están presentes asaltando la existencia humana. Sin embargo, un día llega de repente una luz transformada en palabra o en acción que trae consigo la tan ansiada respuesta. De esa chispa me apropie y con ella me quedé. Intuía que los días de quien fue mi padre estaban contados.

Tras la noticia de su muerte no supe qué decir pero tampoco quería actuar o aparentar. Quería atender y escuchar mis emociones las que por mucho tiempo habían estado ocultos en cuanto a mi relación paterna. Escribir era la solución para entender este momento. Luego de reflexionar desapareció la inquietud, la mezcla de emociones. Renació la Paz. Descubrí que no estaba escribiendo una dolorosa dedicatoria, ni me convertía en víctima. Me sentía agradecida, tranquila de saber que el reconocido Dr. Samuel Quan Kiu Dominguez, descansaba libre de dolor y que lo podía seguir recordando cómo el ser imponente que admiraba desde mi niñez. No tenía que preocuparme por qué hacer, qué sentir o cómo reaccionar. Él estaba libre, en paz…y yo también.

Mi gratitud por esa Paz transparente que empezó a germinar desde ese jardín con velas blancas y diseño antiguo que presenciaba inesperadamente, segundos antes de recibir la llamada que anunciaba la nueva partida de mi padre. Finalmente se liberó de tratamientos médicos. Yo me liberé de mis propias inseguridades por no haber convivido con él desde mi niñez  y por solo vivir vanagloriándome de sus triunfos de los cuales me enteraba por otros, o por los medios de comunicación.

Por el resto de mi vida lo recordaré como siempre lo percibí, como un ser inteligente, profesionista útil a la sociedad a quien siempre agradecí el haber sido parte del origen de mi vida y quien en sus últimos días, me dio una muestra de su lado paternal, noble y sensible a través de su primer y último consejo el que pondré en práctica, porque el consejo de un padre es como un lingote de hierro. Paz.

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