SABORES QUE DUELEN

Arboles con mi sombraReconozco que la cocina nunca tuvo un apartado especial en mi corazón, definitivamente no contaba con mi simpatía y mucho menos con mi participación, ni en mi juventud, ni en los comienzos de mi vida adulta.

Como consecuencia, la preparación ni consumo de alimentos eran de mis momentos predilectos. La sola idea de pasar en la cocina por demasiado tiempo, a veces horas preparando alimentos que después desaparecerían en minutos dejando tras de sí una pesada carga de trabajo, lo encontraba sin sentido. Por tanto, siempre que pude la evadí y ante el llamado de mi madre solicitando ayuda, utilizaba como pretexto el exceso de tarea escolar que me esperaba, argumento que nunca fallaba.

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En cuanto al momento de sentarme a la mesa a descubrir el platillo del día, lo experimentaba más como una obligación que como una experiencia saludable o un regalo a los sentidos; especialmente en México, donde tenía que estar a la expectativa de los ingredientes y sabores que llevaría a la boca.

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En ocasiones, la combinación de  componentes en la preparación de la comida provocaban lo que recuerdo más como un incendio en el interior de mi cuerpo que un momento de deleite.  Todo empezaba con el ardor en mis labios, pasaba por mi boca, hasta llegar al estómago; siguiendo los oídos y alcanzar mi cabeza, provocando sintiera algo similar a una explosión.  La diversidad de condimentos en la comida mexicana me mantenía alerta a la aparición de alimentos explosivos.

Dicha explosión era también visible, se percibía a través de mi cara enrojecida, hirviendo, mis manos cubriéndome los oídos  los cuales sentía a punto de estallar; mientras que el resto de la familia “disfrutaba”, yo quería salir gritando. Al mismo tiempo, mi madre sonreía ante el espectáculo poniéndole fin llamándome ‘exagerada’.

Debía mantener urbanidad en la mesa, así que mientras seguía sentada tomando innumerables vasos de agua y escuchaba a alguien diciendo: “come un poco de sal”, lo único que en esos momentos pasaba por mi mente, era descubrir cual de las numerosas variedades de chile y otros componentes, habían entrado en batalla con mi cuerpo.

Esos fueron los antecedentes de lo que inició como una relación distante con el sustantivo cocina, el verbo cocinar y todo lo que con ambas palabras se relacionaba.

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Sin embargo, años más tarde viviendo en Estados Unidos, la cocina fue ganando primero mi atención -observando lo que alrededor de ella ocurría en este país – y luego mi respeto. Aunque admito que no tenía mi confianza y menos aún ante la abundancia de ingredientes desconocidos. Contra lo que se pudiera esperar, no fue la nostalgia por la alimentación mexicana lo que me provocó un cambio de actitud hacia el ámbito culinario, sino el comprobar su destacada presencia y auge como industria en los Estados Unidos, asimismo su práctica como profesión y finalmente, el vínculo forjado entre diversas culturas, especialmente en Chicago, ciudad que se caracteriza por su gran diversidad cultural, en donde existen alrededor de 85 vecindarios étnicos. Hoy en día admiro a la Cocina, hemos llegado a respetarnos  lo que nos permite convivir, sin necesariamente ser las mejores amigas; es decir, la atención que le dedico en lo personal es mínima aunque una vez al mes podemos pasar horas enteras conociéndonos, ella me comparte sus secretos y yo le confieso mis debilidades dentro de su territorio.

Todo ocurre dentro de un amplio lugar, la cocina de  Little Brothers Friends of The Elderly , organización para ancianos a quienes dono tiempo mensualmente.

Mi relación con la cocina empezó cuando una coordinadora me pregunto si no me molestaba ser asignada a la cocina, en lugar de desempeñarme como anfitriona y atendiendo las mesas de los ancianos que era lo que habitualmente hacia. Sin entusiasmo acepté.

Inmediatamente me dirigí a la cocina y mientras me ponía el mandil el temor de tener que lavar ollas y platos no me abandonaba. ¿Qué otra cosa iba hacer?, no sabía cocinar y en esa cocina se iba a preparar un menú para más de 40 personas, no un guisado. Intenté recuperar el ánimo recordando que estaba ahí para contribuir a la alegría de la generación de los golden years, no para poner mis condiciones o manifestar mis debilidades.  Así que me até con fuerza el babero y me presenté con la responsable de la preparación de los alimentos. Decidí hacer el mejor papel en algo que desconocía, inspirada en la fama del sabor mexicano en Estados Unidos.

foto little brothrsEse día, definitivamente no lavé platos ni ollas y mucho menos cubiertos; tampoco le pasé los ingredientes a la “chef”. Durante las cinco horas que tomó la preparación y servicio del menú, no me separé de la encargada de la cocina por temor de no saber y/o, no entender el argot culinario en inglés.  Seguí sus instrucciones al pie de la letra, lo que al parecer fue interpretado como confidencia y conocimiento de lo que estaba haciendo.

A partir de esa primera vez se han sumado otras, debido a que acercándose la fecha de mi servicio voluntario, me llaman para obtener mi aprobación de ser asignada en la cocina. El argumento que recibo es que Kate, la más estricta de las encargadas del menú, -de quién bajo su dirección no se permite la entrada a la cocina a nadie que no esté autorizado, los alimentos no se tocan sin guantes y la presentación del platillo es #1-, me solicita en su equipo. El inesperado halago hacia una habilidad apenas descubierta, junto con la curiosidad renacida por aprender divertidamente los secretos de la cocina; han hecho que siga aceptando la propuesta de seguir allí, sin temores y sin pretextos pues es el lugar donde ahora se encuentra mi tarea.

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